La RAE y la Redundancia

La Real Academia anda patas arriba. Ahora les ha dado por discutir si hay que forzar el cambio sobre el lenguaje sexista, sobre lo peyorativo del mismo, sobre la necesidad de cambiar el lenguaje para adecuarlo a unos tiempos más feministas.

Sinceramente, tengo dos opiniones muy claras en este debate. La primera es que me parece ridículo que, con los problemas que hay en cualquier ámbito social, un grupo de intelectuales (Que, no nos olvidemos, la RAE es una de las ocho academias españolas, y eso supone que sus componentes tienen que tener cierto grado de preparación) y una ministra anden a vueltas discutiendo sobre si se debe o no se debe hablar de “miembras”

La segunda es que, sinceramente, yo llevo muchos años estudiando, aunque sea indirectamente, la lengua, la gramática española y el uso del lenguaje a través de la escritura. Y que yo sepa, tener que hablar de miembros y miembras es redundante, un concepto que también entra dentro de la gramática.

Que, como alguno me dirá, es innegable que el lenguaje tiene una carga sexista. Hay palabras que tienen diferente significado dependiendo de su género, y hay algunos que ven esto como una manipulación del género masculino para sentirse superior a la mujer. Sinceramente, yo apoyo el feminismo, pero esto me parece buscarle cinco pies al gato.

No todas las lenguas han tenido siempre este vicio. En latín, como actualmente se da en el alemán, existen las palabras de género neutro. En inglés, el género prima menos por la misma constitución lingüística. La lengua no es un valor absoluto. Y por tanto, nadie, ni la RAE, ni el Gobierno, tienen la potestad absoluta para decidir si algo está bien dicho o no. Que pueden decirlo, pero de ahí a que se les haga caso, hay un mundo.

Por mi parte, creo que el lenguaje se va adaptando a los tiempos, y a medida que la mujer vaya desempeñando funciones que históricamente no ha tenido, la cosa cambiará sola. Ante todo, el lenguaje es comodidad. Pero es excesivo, y rídiculo por el momento en que se hace, que toda la discusión de una Academia sea el saber si se tienen que referir a miembros y “miembras” de la misma. Que hablen de componentes (los componentes y las componentes) y se dejen de líos.

Todo esto me ha recordado a la sátira de la manera comunicativa de los bramantes en Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Así podemos acabar por este camino:

“ En nuestro viaje a Lagado, la capital, Su Majestad ordenó que la isla se detuviese sobre ciertos pueblos y ciudades, para recibir las peticiones de sus súbditos; y a este fin se echaron varios bramantes con pesos pequeños a la punta. En estos bramantes ensartaron las peticiones, que subieron rápidamente como los trozos de papel que ponen los escolares al extremo de las cuerdas de sus cometas. A veces recibíamos vino y víveres de abajo, que se guindaban por medio de poleas.

     El conocimiento de las matemáticas que tenía yo me ayudó mucho en el aprendizaje de aquella fraseología, que depende en gran parte de esta ciencia y de la música: y en esta última tampoco era profano. Las ideas de aquel pueblo se refieren perpetuamente a líneas y figuras. Si quieren, por ejemplo, alabar la belleza de una mujer, o de un animal cualquiera, la describen con rombos, círculos, paralelogramos, elipses y otros términos geométricos, o con palabras de arte sacadas de la música, que no es necesario repetir aquí. Encontré en la cocina del rey toda clase de instrumentos matemáticos y músicos, en cuyas figuras cortan los cuartos de res que se sirven a la mesa de Su Majestad.

     Sus casas están muy mal construidas, con las paredes trazadas de modo que no se puede encontrar un ángulo recto en una habitación. Débese este defecto al desprecio que tienen allí por la geometría réctica, que juzgan mecánica y vulgar; y como las instrucciones que dan son demasiado profundas para el intelecto de sus trabajadores, de ahí las equivocaciones perpetuas. Aunque son aquellas gentes bastante diestras para manejar sobre una hoja de papel, regla, lápiz y compás de división, sin embargo, en los actos corrientes y en el modo de vivir yo no he visto pueblo más tosco, poco diestro y desmañado, ni tan lerdo e indeciso en sus concepciones sobre todos los asuntos que no se refieran a matemáticas y música. Son malos razonadores y dados, con gran vehemencia a la contradicción, menos cuando aciertan a sustentar la opinión oportuna, lo que les sucede muy rara vez. La imaginación, la fantasía y la inventiva les son por completo extrañas, y no hay en su idioma palabras con qué expresar estas ideas; todo el círculo de sus pensamientos y de su raciocinio está encerrado en las dos ciencias ya mencionadas.”

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