Mal de muchos…

Hoy, vivimos tiempos controvertidos. La reforma laboral propuesta por el Gobierno no ha sentado bien a una parte de la sociedad que se echa a la calle para protestar contra la misma, como viene siendo habitual. De hecho, desde el 15-M parece viva esa opinión latente de manifestarse ante cualquier desacuerdo. ¿Para qué? Quien sabe. La política social normalmente, para bien o para mal, no sigue esos derroteros.

El caso es que podíamos estar peor. Mucho peor. Una situación bastante más díficil se está viviendo no muy lejos de aquí. En Grecia, el echarse a la calle es el pan suyo de cada día para protestar contra los recortes, que, en su caso, si que son demoledores. Ya lo dice el refrán. “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”

Es complicado que en cualquier otro país suceda lo que les ha sucedido a los griegos, que se han encontrado no solo con un boquete económico, sino también con una catástrofe política. ¿La prueba? Portugal e Irlanda también fueron rescatados por la Unión Europea, pero lejos de entender eso como el fin del Mundo, la debacle de un Imperio, o váyase usted a saber que han entendido los helenos, comprendieron que un rescate es, en el fondo, un toque de atención. Y la solución para con el mismo es remar todos en la misma dirección.

Los del Pelóponeso, por el contrario, andan alborotados. Ahora parecen querer convertir a toda la opinión pública en economista, intentando ser transparentes en todas las actuaciones que se hacen , como la venta de bonos y demás. Pero lo cierto es que ellos mismos no creen en su rescate, y desde hace tiempo el debate de fondo es: ¿Eurozona si, Eurozona No?

Hablábamos hace tiempo de los peligros de quedarse aislado en un mundo que cada vez necesita más unión. Grecia debe comprender que para estar en una institución como la Unión Europea es necesario perder parte de la soberanía, parte del poder autónomo. Pero que, a la larga, son muchas más las ventajas de estar que de no estar.

Por lo pronto, los griegos deberían adaptarse a los recortes en lugar de dedicarse a quemar cosas. En la vida, siempre es más inteligente crear que destruir, y en muchas ocasiones la dignidad consiste en enfrentar las cosas como vienen. A partir de ahí, de la aceptación, se construye. Y no hay nada más bonito que aprovechar la energía de la rabia para hacer un mundo nuevo.

Sobre este tema de la unión, ya hablaba Alejandro Dumas en Los Tres Mosqueteros

“yo mismo ignoro qué instrucciones puedo daros. Yo soy portador de una carta, eso es todo. No la sé y por tanto no puedo hacer tres copias de esa carta, puesto que está sellada; en mi opinión, hay que viajar en compañía. Esa carta está aquí, en mi bolsillo -y mostró el bolsillo en que estaba la carta-. Si muero, uno de vosotros la cogerá y continuaréis la ruta; si éste muere, le tocará a otro, y así sucesivamente; con tal que uno solo llegue, se habrá hecho lo que había que hacer.

-¡Bravo, D’Artagnan! Tu opinión es la mía -dijo Athos-. Además, hay que ser consecuente: voy a tomar las aguas, vosotros me acompañáis; en lugar de Forges, voy a tomar baños de mar: soy libre. Si se nos quiere detener, muestro la carta del señor de Tréville, y vosotros mostráis vuestros permisos; si se nos ataca, nosotros nos defenderemos; si se nos juzga, defenderemos erre que erre que no teníamos otra intención que meternos cierto número de veces en el mar; darían buena cuenta de cuatro hombres aislados, mientras que cuatro hombres juntos son una tropa.”

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