Pequeños grandes cambios

Hoy, en las semis de la Copa del Rey, el Athletic visita al Mirandés, el equipo que de un tiempo a esta parte se ha hecho más famoso en España precisamente por su trayectoria en este torneo. Probablemente esta noche, salvo los incondicionales del Bilbao, media España apoye al Mirandés.

Yo, particularmente, he sido siempre de equipos pequeños, de esos llamados sufridores ¿Por qué? Pues porque creo que tiene mucho más sentido. Cuando la victoria se convierte en una rutina o en una obligación, lo único que puede suceder es que se pase mal cuando llegue una derrota. Pero cuando no se da por sentada una victoria, se disfruta mucho más.

Este es el caso del equipo de Miranda del Ebro, que acabe donde acabe, ha triunfado, escribiendo otro capítulo en esa clásica historia de David y Goliat, queriendo demostrar una vez más que no es necesaria una gran alteración para cambiar el mundo, sino que muchos pequeños cambios pueden conseguirlo.

Ya lo decía en esa fantástica obra que es Dulce Jueves mi admirado John SteinbeckLos Hombres cambian, y el cambio viene como una pequeña brisa que agita las cortinas al amanecer, viene como el discreto perfume de las flores silvestres, escondidas en la hierba.”

Quizá no nos guste, pero es así. Posiblemente muchas veces no podamos liberarnos de ese clásico pensamiento occidental que viene a decir “Si las cosas están bien ¿Para que cambiarlas?” en lugar de guiarnos por uno de los principios básicos de los orientales, quienes entienden que la realidad está en continuo cambio.

Nuestro otro gran problema es, posiblemente, la magnitud. El mundo, para bien o para mal, cree en las dimensiones. Necesitamos un espectáculo grandilocuente para darle alguna validez. Cierto es que, en ocasiones, las cosas interesantes están tan a la vista que ni reparamos en ellas. Pero en la mayoría de ocasiones son las pequeñas cosas las que, puestas todas juntas, conducen la realidad a otro nivel.

Muchas veces se habla de cambios sutiles, pero quizá en ningun lugar se puedan apreciar tanto como en la música, donde un oído experto de musicólogo es capaz de detectar nimiedades cuando otros estamos todavía sumergidos en los acordes.

La literatura también se fijó en esto, y por ejemplo Noah Gordon en Chamán escribe:

Había llegado a aborrecer el ejercicio de piano en el que idenificaba la nota gracias a la vibración que sentía en la mano, porque su madre lo consideraba una gracia, y  a veces lo llamaba al salón de las visitas para que lo hiciera. Pero Rachel continuaba trabajando con él en el piano y se sentía fascinada cuando tocaba la escala en un clave diferente y el era capaz incluso de detectar ese sutil cambio.

Poco a poco, pasó de percibir las notas del piano a distinguir las otras vibraciones del mundo que lo rodeaba. Pronto pudo detectar que alguien llamaba a la puerta, aunque no podía oir el golpe. Era capaz de detectar pisadas en la escalera, aunque ninguna otra persona pudiera oirlas”

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